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La pintura de Ortega en el Ateneo

ATENEO MADRID 1956
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En esta exposición con que este año inaugura su curso el Ateneo de Madrid.. vemos unos primeros cuadros de Ortega Muñoz en los cuales no puede decirse que haya titubeo ni tampoco prenuncios de lo que ha de seguir, Son los lienzos con que

inaugura su carrera artística unas muestras de un arte puramente impresionista, con todos los matices del reflejo en una ordenación de muy orgánica textura dentro de ese titilar de brillos sueltos. Ya aquí los paisajes se ordenan con rigor estructural. Cuadros claros de las más delicadas tonalidades.

Y sin apenas transición nos encontramos ya con un arte en el cual ha cambiado la gama y la visión plástica. Su larga permanencia en Italia y en los países nórdicos moderniza su visión de las formas! y éstas se hacen, súbitamente, enjutas y quietas.

Aun en sus cuadros de Venecia hay una visión silente Y, paralizada de las aguas y de las arquitecturas, Esta dirección, cada vez más ascética y retraída, encuentra su expresión en estos paisajes extremeños, de los que se ha raspado todo fulgor momentáneo quedando sólo las tierras y los árboles en su más desnuda evidencia. Las tierras empavonan sus colores.
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Una sequedad mineral libera a estos valles Y a estos alcores, apenas pronunciados, de toda luz tránsfuga. Y las formas aparecen como decantadas en unos colores tan esenciales que ya no pueden cambiar. Las cercas humildes, los árboles podados, las tierras sin cosechas, estructuran unos cuadros en los que el protagonista principal es el silencio. Hasta los cielos atenúan su azul con unas claridades de delgadas blancuras.
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Lo primero que Ortega Muñoz se plantea en estos cuadros son los límites. Límites de las cosas, de los colores y, aun, de la propia emoción, que queda como contenida y retractiva en estas formas sedimentadas en secas manchas. Huellas humanas y humildes hay en estos paisajes en los que se presienten las vastas soledades de¡ campo extremeño. Bancales acotados, caminos que en la opaca densidad de estas tierras tienen claridad de ríos, árboles esparcidos con ritmo de trabajo. De cada uno de los elementos de estos paisajes, Ortega Muñoz ha extraído su esencia permanente, lo que queda después del paso del sol y de las cosechas.
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Las tierras en el descanso de los barbechos y árboles con muñones sin savia, Añadamos a estas consideraciones sobre su tratamiento del paisaje su labor como pintor de figuras., de la cual hay aquí alguna muestra, en un retrato muy sucinto y expresivo, La misma gama cohibida la misma emotiva quietud rige la ordenación de estas figuras sin halo ambiental.

El arte de este pintor responde a ese estado de sensibilidad tan de hoy, que busca en cada cosa su estructura inalterable, Esta afición a la solidez de unas formas cuya epidermis no tiembla con los minutos, es la que ha determinado la afición a Zurbarán. Y la que nos hace amar estos paisajes de Ortega Muñoz en los que ha sabido reducir las cosas a su esquema plástico sin desvitalizarlas. Sin necesidad de acudir a su estilización geométrica.

Ahondando, por el contrario, en lo que hay en ellas de íntimo y humano, de usado por el paso del tiempo y de los trabajos de los hombres.

@comentario del crítico de arte José Camón Aznar como prólogo de esta exposición.

Ortega en el crisol del tiempo


Suele decirse que los artistas crean pensando en sus propios designios y en la posteridad, en el hombre venidero, pero inevitablemente reciben el influjo de la crítica y el público de su tiempo. Nadie logra evitar ser contemporáneo de sí mismo. De las páginas futuras, de la páginas todavía no escritas de la Historia Universal -ya sean de Arte o de la Literatura, tanto da- es difícil que puedan llegarle al creador sugestiones de ninguna clase. En cambio, cuánto daño consigue hacer la crítica adversa de un coetáneo o qué impulso tan íntimo y decisivo pueden infundir unos elogios en letra impresa. Esto ocurre no sólo con el pintor, escritor o músico que comienza. A muchos, a todos quizá, cada exposición que inauguran - o cada nueva novela, o cada estreno - les producen idéntica zozobra.


Y si esto es así, más o menos así, no será ocioso indagar quiénes manifestaron su manifestaron su apoyo intelectual y estético a Godofredo Ortega Muñoz antes de alcanzar el pedestal de la consagración. Pero más aún importa conocer en qué momento su pintura concitó el interés unánime de los críticos, cuáles fueron las más firmes adhesiones y también las iniciales reticencias -si es que las hubo- de sus contemporáneos. Convocar a todos los que escribieron sobre su pintura sería punto menos que imposible. Resultaría, sobre todo, tedioso e innecesario. Redundante también, si tenemos en cuenta que al acuñarse la imagen definitoria de un pintor las referencias comparativas o las metáforas que intentan expresar y transmitir al público las cualidades y calidades de su obra -esa combinación de materia poética y precisión técnica que suele ofrecernos la crítica de arte- irá pasando de una reseña a otra, y de la reseña al catálogo o la monografía.


‹‹Conseguir una etiqueta es tener ganada la mitad de la batalla››, leemos en las reflexiones sobre la creación que el narrador y crítico de arte John Berger atribuye a uno de los personajes de su novela Un pintor de hoy. Y en el caso de Ortega Muñoz, su victoria contra el misoneísmo de la posguerra quizá se deba a una temprana acreditación estética que resultó compatible con los cánones ideológicos vigentes en la España de los cincuenta. Esta marca de fábrica fue acuñada a lo largo de esos años por varios críticos prestigiosos y por algún poeta que había sobrevivido a la guadaña del exilio y sorteaba penurias escribiendo artículos de arte. Esencialidad, franciscanismo, rigorismo ascético -que hay quién llegó a emparentar con el propio San Pedro de Alcántara, al que encuentran incluso parecido fisonómico con el pintor- ‹‹realismo místico›› zurbaranianos, rasgos todos ellos que supuestamente le llegarían a través de los veneros de su extremeñidad. Estas y otras parecidas serán las imágenes recurrentes que hallaremos, con mejor o peor fortuna estilística, en casi todas las críticas que durante más de dos décadas celebraron los éxitos del pintor extremeño. Y en el retrato de época de este ‹‹Azorín de la pintura››, que ‹‹no pinta santos pero santifica todo lo que pinta›› se yuxtaponen, tal y como hemos dicho, elementos constitutivos de su identidad pictórica con rasgos prosopográfico o antropológicos. Sólo en los años setenta hallaremos una reivindicación de Ortega Muñoz desde nuevos ángulos, incluso con matices de autocrítica en artículos de algunos opositores al franquismo, que quizá anteriormente habían prejuzgado su éxito en las exposiciones oficiales como una maniobra aperturista del régimen en el terreno del arte.


Hay que recordar que la década de los cincuenta se inició con varios acontecimientos esenciales para el pintor. A finales de 1951 tuvo lugar la I Exposición Bienal Hispanoamericana en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. En la sala X, junto a Zabaleta, colgaban seis óleos de Ortega Muñoz ‹‹Dos interpretaciones campesinas opuestas y admirables›› leemos en uno de los titulares de la crónica que el ABC del sábado 29 de diciembre dedicó al acontecimiento. ‹‹Zabaleta y Ortega Muñoz frente a frente››, decía otro de los encabezamientos; a renglón seguido el crítico, posiblemente José Camón Aznar, tomaba sutilmente partido: ‹‹En Zabaleta, las formas de agreste solidez se hallan rayadas por zarpazos solares. Noches de luna calcárea y mediodías abiertos en gayos amarillos, iluminan estos lienzos sonoros de perdices y élitros de cigarra››.Solo le restó añadir que eran ‹‹motivos de azulejo y papeles de vasar››, artesanías decorativas. En cambio en los paisajes de Ortega Muñoz ‹‹el campo extremeño es visto desde un intimismo cromático que raspa las luces y las perspectivas espectaculares y deja sólo su esencia confidente y directa››. Y añade: ‹‹Estos lienzos parecen fruto de una amorosa contemplación, no sabiendo si copian la realidad o su reflejo en el alma››. Casi todos los críticos del momento destacaron elogiosamente los cuadros de Ortega Muñoz que pudieron contemplarse en aquella magna exposición -la primera muestra oficial importante del franquismo- previo pago de la entonces nada despreciable cantidad de cinco pesetas.


Coincidiendo con la bienal, Juan Antonio Gaya Nuño, Gerardo Diego y Luis Felipe Vivanco hablaron y escribieron sobre la pintura de Ortega Muñoz y sus palabras obtuvieron una enorme resonancia. Lo mismo puede decirse de la monografía sobre la vida y la obra del pintor que Eduardo Llosent y Marañón publicó también por estas mismas fechas.

El ensayo de Llosent y Marañón -que hoy nos parece de modesto porte con sus 88 páginas, incluida la versión inglesa realizada por David G. Rowlands, cinco láminas en color y 32 reproducciones en blanco y negro- no sólo resultó ser un texto capital sobre Ortega, sino también un auténtico acontecimiento editorial en lo que a libros de arte se refiere. Basta leer las reseñas de Juan Antonio Gaya Nuño y de Luis Felipe Vivanco, para darse cuenta del enorme impacto que causó la calidad del papel o la destreza tipográfica -excelencias casi olvidadas tras el desmantelamiento material y humano causado en las artes gráficas españolas por la guerra civil-, sin desestimar por supuesto los contenidos de un libro que, por otra parte, estaba escrito con verdadera eficacia y tino pedagógico. Llosent había organizado la monografía en tres partes: el breve pero bien documentado apunte biográfico, un esclarecedor diálogo con el artista y una interpretación de su pintura. De manera que, a través de cada una de estas tres partes ‹‹pasamos, del hombre particular y anecdótico, al artista, y de este a la proyección espiritual de su obra››.


Muchas ideas de Gerardo Diego sobre Ortega, al igual que amplios pasajes del libro de Llosent, serán reproducidos y citados con insistencia en las múltiples reseñas, críticas y reportajes periodísticos que aparecerías después a lo largo de casi tres décadas. El ensayo de Gerardo Diego, que se recoge en toda su extensión en el tomo V de sus obras completas bajo el título ‹‹La Pintura esencial de Ortega Muñoz››, pudo leerse también, dividido en fragmentos y como artículos con títulos independientes y ligeras variaciones, en distintos diarios y revistas. Del mismo modo, Eduardo Llosent publicó en un periódico de la época su diálogo con Ortega Muñoz, que, como hemos dicho, constituye el capítulo central de la monografía dedicada al pintor extremeño, pero en esta ocasión las variantes entre ambas versiones no parecen del todo accesorias y quizás merecen comentario aparte.

En una entrevista como aquella no podía faltar una pregunta sobre el tema de las influencias artísticas y Ortega, instado por Llosent a establecer una nómina de afinidades respondió ‹‹Ya le cité los primitivos italianos; sobre todos, Cimabue y el Giotto. Como extremeño tengo muy dentro de mí a Zurbarán. Entre los modernos Van Gogh -algo estridente a veces- Cézanne, Picasso y Juan Gris››. Tal es la respuesta que leemos en la página 27 del ensayo publicado en 1952, pero en el resumen del mencionado diálogo que Llosent publicó en la prensa por esas mismas fechas, este último párrafo es bien distinto: ‹‹ Entre los modernos, Van Gogh -algo estridente a veces- Cezanne, Arturo Tosi, Morandi y Edvard Munch, el noruego››. Esta sustitución de Picasso y Juan Gris por Tossi y Morandi que hallamos en tan escueta relación de preferencias no es quizá asunto baladí, y no porque denote una filiación pictórica de Ortega con la que alguna vez se ha especulado -sobre todo en lo referido al despojamiento metafísico de los bodegones de Morandi- seguramente sin demasiado fundamento. Ya en 1970 Santos Torroella aludía a esta posible influencia en un artículo más bien sustractivo y reticente que le dedicó a Ortega en su Dietario artístico: ‹‹En el todavía desarbolado mundo artístico de nuestra posguerra, Ortega Muñoz aportaba entonces algo nuevo con aquellos bodegones, con los cuales, sin embargo, se advertían ciertos rezagos italianos, tal vez con Morandi al fondo…››. No faltarán todavía hoy quienes quieran, al arrimo del creciente prestigio de Morandi, subrayar este supuesto parecido con el pintor extremeño, cuyas claves, por lo demás, pueden buscarse en la común afinidad con los primitivos italianos. Que Ortega recordase la pintura de Morandi o de otros grandes solitarios no significa otra cosa que estaban al tanto de quienes como él laboraban al margen de perturbaciones ambientales.


Por todo lo dicho parece claro que los textos de Gerardo Diego, Eduardo Llosent, Luis Felipe Vivanco contribuyeron, junto con los artículos y reseñas de los grandes críticos de los cincuenta y sesenta –Sánchez Camargo sobre todo, pero también Gaya Nuño, Camón Aznar, Moreno Galván o Florentino Pérez Embid- a elevar la pintura de Ortega Muñoz en la consideración del público y del mundo del arte. Una selección de estos artículos y monografías debe, por ello mismo, constar en cualquier antología de textos sobre el pintor extremeño.

Pero el perfil de su vida profesional no quedaría bien dibujado si no reflejásemos también ciertas reticencias que conoció Ortega, coincidiendo con el periodo de máximo esplendor y popularidad, con esa vertiginosa recta de su carrera que comienza con la I Bienal Hispanoamérica de 1951 y culmina con la excepcional antológica del Casón del Buen Retiro en 1970.
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A poco que intentemos comprender estas críticas negativas veremos que lo son en gran medida por motivos ajenos a las consideraciones artísticas, y que muy bien pueden ser explicadas por las circunstancias sociopolíticas. Recordemos que Gerardo Diego regresó demasiado pronto a la España Nacional y luego se había acomodado discretamente a la situación en su destino como profesor en el Instituto Beatriz Galindo, y que Eduardo Llosent fue nombrado director del Museo de Arte Moderno por Eugenio d' Ors en la inmediata posguerra o que Vivanco era miembro destacado de la élite cultural falangista. Por lo tanto, si estos tres mentores fueron una buena recomendación para Ortega al comienzo de los cincuenta, muy bien pudo ocurrir que después se convirtieran en una rémora cuando la crítica y la cultura en general comenzó a alinearse con la oposición al franquismo. Ya hemos aludido antes al artículo sobre Ortega Muñoz del poeta, ensayista y crítico de Arte Santos Torroella, quién lo enjuiciaba desde la disidencia catalanista como un pintor crecido al amparo de las bienales, que salvo excepciones había expuesto siempre ‹‹en locales oficiales u oficiosos››, aunque no dejaba de reconocer que, a diferencia del arte precedente, el pintor extremeño se hallaba ‹‹liberado ya de la férula académica›› y aportaba algo nuevo. Según Torroella Ortega, aunque fuera de manera inconsciente o involuntaria, estaría contribuyendo a una renovación sin traumas del arte oficial, lo que entonces equivalía a decir la imagen cultural del régimen : ‹‹El arte oficial, en trance de crisis y de urgente renovación, no podría hallar mejor salida para "cumplirse" de algún modo en algo de lo que se está haciendo que una pintura como la de Ortega Muñoz, reflejo no exacerbado de muchas inquietudes actuales y bastante inocua en general para que apoyarla o ampararla pueda significar correr una disparatada aventura››. La inauguración de la magna exposición de Ortega en al Casón del Buen Retiro, con su comitiva de políticos ampliamente reflejada por la prensa gráfica y la cadena de periódicos del Movimiento, tampoco debió de favorecerle ante la mirada crítica de la izquierda.

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Hemos hallado al menos un caso de sincera palinodia en el poeta José Hierro, quien siete años después y tras un conocimiento personal de Ortega Muñoz, reconocía su desmesura y parcialidad en la ‹‹diatriba negativa y negadora›› que él mismo había dedicado con motivo de la antológica del Casón. El propio Santos Torroella llegó a reconocer en 1988 que su cicatera valoración inicial de la obra de Ortega estaba condicionada por el contexto de las exposiciones, más que por valoraciones estéticas negativas.

Hay que decir también que ya en los años setenta comenzó a realizarse una especie de ‹‹relectura de izquierdas›› de la pintura de Ortega.
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Así, por ejemplo, Umbral lo presentará en una célebre entrevista como un creador comprometido con su obra, que no puede pintar ‹‹burgueses ni caballos›› y que por ello mismo ‹‹es un pintor social sin saberlo quizá››.
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Más contundente aún fue Leopoldo Azancot cuando reclamaba la necesidad de ‹‹rescatar a Ortega Muñoz de sus intérpretes, pues sólo así, liberada su obra de excrecencias exegéticas, podrá ser visto en su autenticidad››. A Ortega no cabe atribuirle esa calidad de ‹‹enaltecedora pintura regional››, como hiciera, por ejemplo, Gaya Nuño, ni menos aún suponerle caracteres raciales a un pintura que en todo caso es una meditación transfenoménica, y por ello universalista, de la naturaleza. En opinión de Azancot, ‹‹la voluntad de regionalismo de este pintor extremeño, fue entendida por los críticos de los años autárquicos y de los posteriores en un sentido fascista, como exaltación de los valores sombríos de la sangre y de la tierra, con lo que falseó singularmente el sentido de una obra carente de toda connotación ideológica perniciosa de este jaez››. Porque, ¿qué es lo que nos conmueve de los paisajes de Ortega?. No es, desde luego, su color local, su pintoresquismo, sino por el contrario lo que hay en ellos de eterno y esencial, su soledad, su inmutable belleza, siempre igual siempre distinta.

Naturalmente, esta perspectiva de juicio sobre la obra de Ortega ha de ser tenida en cuenta, del mismo modo que tampoco puede estar ausente en una selección de textos la recepción regional de su pintura, que en ocasiones corrió a cargo de escritores que mantenían con el artista profundas afinidades espirituales. Si no los recogiéramos, prodríamos incurrir en un olvido injusto, pero sobre todo en omisión histórica imperdonable, por cuanto también ellos, sus paisanos cultos, los críticos y escritores de su tierra, le ayudaron a encontrar el tono de un paisaje trascendido, despojado de violencias cromáticas, más íntimo y esencial. Extremadura, que hasta ahora ha sido tierra sin depósitos de la memoria, sin museos, bibliotecas, ni universidades, puede producirle al viajero desavisado - o al estante limitado por las anteojeras del prejuicio- una engañosa sensación de territorio ignaro en donde todo cultivo del intelecto comenzó con su proverbial llegada. Quizá por ello Michel Hubert Lépicouché ha podido hablar recientemente de ‹‹ausencia de publicaciones›› y de ‹‹falta de interés y de conocimiento por parte de las editoriales regionales›› hacia la vida y la obra de Godofredo Ortega Muñoz

Para corregir tan apresurada afirmación, y de paso dar testimonio de la temprana acogida que críticos y escritores extremeños depararon a la pintura de su paisano, no podía faltar una selección de los textos, por lo demás nada despreciables, que fueron apareciendo en los periódicos de la región a partir de los años cincuenta.

La crítica, como la espiral del serpentín, suele someter el prestigio de una obra a los altibajos y volatines de un lento proceso de decantación, pero el tiempo, que es el crisol último y más poderoso, termina aquilatando su verdadero mérito. Y el tiempo y el reposado silencio no ha hecho sino esclarecer y acrecentar el alto grado de estima que gozó siempre la pintura de Godofredo Ortega Muñoz.


@artículo publicado en franciscotomasperez.com

La singularidad de su pintura figurativa


El conocimiento de la vida y de la obra del pintor extremeño Godofredo Ortega Muñoz provocan tanto en el aficionado como en el estudioso una doble y creciente admiración, derivada ante todo de la singularidad que distingue a ambas: a la vida, por el raro e infrecuente cosmopolitismo en la España de los años veinte y treinta del siglo pasado que fue impregnando el espíritu de Ortega Muñoz como consecuencia de sus numerosos viajes por Europa y el Mediterráneo y de la prolongada ausencia de su patria, y a la obra por la originalidad indiscutible de su estilo, a pesar de que puedan señalarse en determinados casos influencias concretas, principalmente italianas.

Entre fines de 1920, en que llega a París por primera vez, y junio de 1939, en que regresa definitivamente a España, Ortega Muñoz, según se desprende de la documentación disponible, pormenorizadamente analizada por María Jesús Ávila Corchero y Antonio Franco Domínguez, recorrió Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, Alemania, Italia, Austria, Hungría, Egipto, Grecia, Turquía, Palestina, Portugal, Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia, en sucesivas e intermitentes estancias, volviendo sólo por periodos cortos a España, como en 1926, cuando participó junto al escultor Alberto Sánchez, el pintor Benjamín Palencia y el poeta aragonés Gil Bel en una de las experiencias fundacionales de la posteriormente llamada «Escuela de Vallecas», o en marzo de 1927, cuando realiza su primera exposición individual en el Círculo Mercantil de Zaragoza, o a mediados de 1935, en que vuelve a su país con intención de quedarse y hace su segunda individual en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en abril de 1936, pero del que terminará por salir de nuevo antes de que estalle la Guerra Civil.


Tiene completa razón Antonio Franco cuando denomina esos años como de «iniciación», en el sentido de viaje iniciático en el que va gradual y firmemente moldeándose la concepción artística de Ortega Muñoz, un proceso que también podría calificarse como de progresiva interiorización y espiritualización del objeto representado.
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Sin embargo, desde el punto de vista del lenguaje plástico empleado, podrían distinguirse al menos tres periodos claramente diferenciados en la producción entera de Ortega Muñoz.
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El primero correspondería a esos años de formación interior y de conocimiento de la realidad artística europea, esto es, hasta 1939, un periodo en el que se consolida su dominio de la figura humana a través del retrato, que fue precisamente uno de los géneros que mayores éxitos le depararon durante sus espaciosas estancias en el extranjero, pero en el que también ocupan un lugar muy importante los paisajes, bien sean naturales, rurales o urbanos.
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El segundo gran periodo abarcaría desde 1939 hasta 1959, es decir, desde su regreso definitivo a España y el momento de su primera exposición de la posguerra en octubre de 1940 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, hasta su consagración nacional y reconocimiento internacional, coincidente casi de manera paralela a su desplazamiento de la escena artística por las nuevas generaciones de artistas, el ímpetu arrollador del informalismo desde mediados de los cincuenta en España y la apuesta de la política cultural exterior del régimen franquista por lenguajes cada vez menos figurativos.
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Durante esta segunda fase, quizás la más arquetípica de toda su producción, Ortega Muñoz pinta paisajes urbanos, bodegones, figuras humanas y paisajes, inclinándose paulatinamente por estos últimos, que constituyen su casi única atención a partir de 1955. Aunque desde 1959 hay quien ha querido ver otros dos periodos hasta su muerte, divididos en 1970, en realidad su exclusivo tema pictórico, el paisaje, así como la depuración y esencialidad de su lenguaje, en el que se elimina todo lo accesorio y las composiciones están dominadas por una estructuración básica y un cromatismo muy austero, autorizan a hablar de una sola y prolongada etapa artística que coincide además con el creciente olvido de su contribución estética, hasta acabar siendo casi un completo desconocido para las generaciones que irrumpen en el panorama español a partir de mediados los setenta.




De entre las influencias que pueden percibirse en su pintura, señaladas algunas por él mismo en sus escasas declaraciones, las fundamentales a mi juicio son las de Cézanne, Juan Gris, Carlo Carrà, Mario Sironi, Mario Tozzi, Giorgio Morandi, Giotto, Cimabue, Zurbarán y algunos miembros del grupo de Worpswede, especialmente Paula Modersohn-Becker, cuyo alejamiento voluntario de las corrientes artísticas internacionales, su búsqueda de lo universal en lo individual, su anticonvencionalismo y su rara apreciación de una estética como la de los retratos de momias egipcias de principios de nuestra era que formaban parte de los accesorios de las tumbas, se pueden apreciar en su inclasificable Autorretrato con rama de camelia, de 1906-1907.
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No obstante, conviene subrayar dos aspectos: en primer término, que Ortega Muñoz conoce perfectamente la evolución de toda la historia de la pintura occidental, además de amplísimas incursiones en la escultura y en la arquitectura, un saber que posee de primera mano, de manera directa, a través de la contemplación de las obras en los museos europeos.
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Ortega Muñoz es, asimismo, un hombre culto, que lee con asiduidad y está plenamente informado de las grandes corrientes espirituales e intelectuales de su época, pero, al ser una persona relativamente reservada, a la que le gusta más escuchar que hablar, nada presuntuoso ni vanidoso, no va por ahí dejando constancia explícita de su saber, lo que tampoco significa que lo oculte, sino que sencillamente se muestra como quien es, de manera auténtica y cabal. En segundo lugar, la asimilación tan personal que se produce en Ortega Muñoz de esas ascendencias, esto es, cómo, lejos de imitaciones coyunturales, van educando su mirada, haciendo madurar su concepción general acerca de la construcción de la forma, decantando su paleta, que ya de por sí tiende de modo natural hacia la sobriedad y los colores ocres y terrosos, eliminando cualquier estridencia, orientándolo en definitiva hacia la interioridad y el silencio, hacia la dignidad de lo humilde y de lo sencillo, hacia una economía de medios que en realidad está íntimamente emparentada con su preocupación estética y espiritual en captar lo esencial de cada cosa, de cada objeto y de cada criatura, hasta el punto, como observó agudamente Gerardo Diego, de humanizar las cosas, convirtiendo en vivas y animadas las cosas inanimadas que pintaba en sus cuadros, sobre todo muebles, cacharros de cocina y juguetes.
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Este modo personal e intransferible de asimilación, esto es, la mirada atenta y analítica hacia la pintura de las distintas épocas y escuelas, la observación crítica y selectiva, junto a un sólido conocimiento del oficio, es otro importante punto de contacto de Ortega Muñoz con los grandes maestros, sean antiguos o modernos, porque, remitiéndonos a dos de los más grandes artistas contemporáneos, Cézanne y Picasso, ¿no se debe en gran medida lo que hicieron a que supieron ver las obras de ciertos creadores del pasado que colgaban en los museos, o a que supieron ver con otros ojos la naturaleza o las manifestaciones hasta entonces consideradas como no artísticas de los pueblos primitivos actuales, elaborando de ese modo una obra que está en deuda con toda la historia del arte anterior, pero sin imitar nunca, olvidando incluso lo aprendido y observado, esto es, siendo ellos mismos y no otros? Aquellas influencias enumeradas antes están, como si dijéramos, diluidas en la obra de Ortega Muñoz, contaminan sutilmente sus composiciones, pero resultaría muy difícil señalar paralelismos concretos, tangibles, y en el supuesto de que sea posible hacerlo siempre brilla el vocabulario y la sintaxis del extremeño con luz propia, sin que pueda jamás acusársele de apropiaciones oportunistas o de imitaciones fáciles, tentación que ni siquiera se le pasa por la cabeza porque a él lo que le interesa es construir, como a Cézanne, una obra, una obra propia, auténtica y verdadera, y para ello aquellas influencias constituyen los depósitos formales y espirituales que la tradición deja en su conciencia, como le ocurre a todo hombre histórico que vive inmerso en los acontecimientos culturales de su tiempo, pues, como he dicho antes, y en contra de lo que pudiera parecer por su natural reserva e incluso digna modestia de carácter, a Ortega Muñoz no se le escapa el pulso espiritual y estético de su época.




Los cuadros que pinta durante ese primer periodo que transcurre casi enteramente fuera de España, sobre todo los realizados entre 1924 y 1934-35, son principalmente paisajes naturales y urbanos, montañas, valles y veredas en el primer caso, y perspectivas de calles, plazas, puentes y puertos en el segundo. En este conjunto de lienzos, sin embargo, las influencias que se detectan, aunque siempre de manera difusa e inconcreta, corresponden a los impresionistas, especialmente Monet, Pissarro y Sisley, muy vagamente a Van Gogh y también a los fauves, aunque en el caso de estos últimos se impone una notable reserva, ya que no sólo Ortega Muñoz usa el color de manera muy atemperada, sino que nunca es el protagonista de su pintura, prefiriendo convivir en igualdad de condiciones con la forma. Es en algunos de estos cuadros que pinta en Chioggia entre 1928-29 donde advertimos las primeras influencias nítidas de la pintura italiana del periodo de entreguerras, por ejemplo en las dos casas con ventanas rectangulares de la zona de la izquierda de Calle de Chioggia, cuya austeridad conceptual contrasta con otros elementos del mismo cuadro. Sin embargo, es un periodo de definición lingüística, de búsqueda y de aprendizaje, aunque hacia el final de esa etapa aparecen ya obras, como Estación, de 1934, muy logradas desde el punto de vista compositivo y, sobre todo, anunciadoras de dos constantes que van a darse con posterioridad en los paisajes de Ortega Muñoz: la ausencia de figuras humanas y los tonos terrosos.




Los óleos que pinta en 1939, inmediatamente después de su regreso a España, Calle de pueblo, Calle Ventosa, Pozo de los Corrucos, están sin duda entre los más característicos de su producción, pero llama la atención el interés por resaltar el color, sobre todo azules, ocres y rosas, en contraste con el silencio y la soledad que se desprenden de esas humildes casas, calles y plazuelas de pueblo, aunque si nos fijamos bien las ventanas y las puertas otorgan una especie de rostro humano a esas sencillas viviendas, que parece como si tuvieran vida propia, como si palpitasen y vibrasen por efecto de las notas cromáticas.
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Aquí no hay contacto teórico ni conceptual con la metafísica de Giorgio De Chirico, pues, como ha señalado justamente Argan, la obra del italiano no tiene relaciones con la realidad, es intemporal, metahistórica, resultando a la postre sus calles y plazas inquietantes, perturbadoras y contradictorias, precisamente por colocar «formas sin sustancia vital en un espacio vacío e inhabitable y en un tiempo que no es eterno sino inmóvil». La pintura metafísica de De Chirico es «pura especulación», esto es, pura imaginación plástica sin función histórica alguna.
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Las solitarias calles y plazoletas de aquellos lienzos de Ortega Muñoz, en cambio, sí que están vinculadas a la realidad temporal, mejor dicho, al tiempo vivido por sus ocultos habitantes, pues, a pesar de su enorme plasticidad, de esos contornos de las casas fileteados de trazos negros, planea en ellas la presencia humana, en cualquier momento podría surgir de una bocacalle una vieja campesina de carne y hueso, siendo inconcebible situar ni siquiera con la imaginación una estatua o un maniquí, ni siquiera esa niña con un aro que como un espectro o un fantasma atraviesa corriendo una de las composiciones más célebres del gran pintor metafísico.
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Es verdad que frente a éste último la irrupción de Carlo Carrà en la Metafísica supone una mayor concreción y construcción plástica de la forma, pero si comparamos dos obras que alguna vez han sido relacionadas, Pino junto al mar, pintada por Carrà en 1921, y Calle y casas, realizada por Ortega Muñoz hacia 1939, observaremos en la primera el empleo de colores planos, la delimitación de zonas espaciales y la unificación de los objetos por la luz, además del hecho de que la concreción plástica de ese tronco de pino supone un acercamiento decidido a los primitivos italianos y a Masaccio, mientras que en el cuadro de Ortega Muñoz, sin negar la relación, se advierte también una lejana filiación con la primera oleada del expresionismo nórdico, incluso con algunas composiciones urbanas del Kandinsky de 1908, aunque, es conveniente subrayarlo, ni Ortega Muñoz es un pintor metafísico ni es un pintor expresionista.



Campesino extremeño, de 1939, y La cancilla, de 1940, son obras espiritualmente semejantes, aunque en una la presencia dominante sea la de una figura humana y en la otra una simple cancela de madera que cierra una propiedad rural.
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Resulta curioso que algunos críticos hablen de claras influencias italianas, de la Metafísica de Carrà o del Sironi de Novecento, en esos años de la producción de Ortega Muñoz y, sin embargo, estos dos cuadros muy difícilmente podrían relacionarse con aquellas tendencias artísticas europeas. Si se me permite expresarlo de esta manera, yo no veo diferencia plástica ni espiritual alguna entre Calle Ventosa y Campesino extremeño: repárese en los azules, en la aplicación de la pincelada en el tronco seco del árbol y en la camisa del campesino y en la que cubre las desnudas paredes de las casas; pero repárese sobre todo en la dignísima presencia de ese campesino maduro, enjuto, grave, consumido por el trabajo diario, sin una pizca de rencor contra la vida o el destino, sin resignación tampoco, sino con sencilla dignidad, con autenticidad absolutamente antirretórica, dirigiéndose o volviendo de su trabajo, una vuelta que le conducirá hasta aquellas casas ligadas a la tierra y a los seres que habitan en ellas, porque el que las calles estén solitarias no significa que ese pueblo esté deshabitado, que sea un fragmento intemporal, espectral, de un casco urbano en el que la Historia se ha congelado, como en los cuadros de De Chirico, sino que es un trozo cálido de un pueblo pobre extremeño de la España de la inmediata posguerra, en el que no hay motivos para la alegría pero tampoco para la desesperación: de lo que se trata es de sobrevivir con dignidad.



Es entonces cuando Ortega Muñoz descubre la esencia escondida de los objetos cotidianos y de las cosas sencillas, de las mesas de madera y las sillas de anea, de los cacharros de cocina y de los juguetes pobres de los niños pobres de Extremadura. Bodegón del pan y el queso y La jaula, ambos de 1940, y Juguetes y Bodegón con aceitera y almirez, de 1941, son significativos ejemplos de esta poética donde los objetos son trasuntos simbólicos de los seres humanos que los usan. La atmósfera espiritual podría relacionarse con Morandi, aunque la construcción plástica de la forma con Zurbarán y Cézanne. Pero si Morandi recibe sobre todo la lección cézanniana de identificación entre pintura y conciencia, haciendo que en las botellas y recipientes vacíos que pinta se deposite el fluir mismo de su existencia, una existencia individual que, sin embargo, se hace universal porque los intereses de su conciencia se comunican con los del mundo, Ortega Muñoz redime a los objetos de su anonimato, los rescata de una hipotética existencia inerte, los humaniza, los equipara espiritualmente con esos mismos seres que van a servirse de ellos.
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Yo no creo que deba hablarse aquí de una mística del objeto, o de una pintura religiosa, en la que la cosa adquiere una dimensión sagrada, pero sí de una pintura que persigue la esencia, esto es, que en una sillita de juguete, en una pequeña jaula de madera vacía o en un cuenco de barro el pintor descubre la nobleza del material trabajado por el hombre, la grandeza de la naturaleza que se manifiesta en lo más humilde, la autenticidad de lo sencillo y de lo que carece de artificio.
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La singularidad de Ortega Muñoz podemos constatarla una vez más si comparamos dos cuadros en cierto modo semejantes por la coincidencia de algunos elementos, aunque diferentes en aspectos fundamentales. Se trata del célebre cuadro de Van Gogh de diciembre de 1888 titulado La silla de Gauguin y del Bodegón de la silla, pintado por el extremeño en 1947. El cuadro de Van Gogh es un retrato ausente: como no ha podido o no se ha atrevido a retratar directamente a su amigo, ha representado la silla en que habitualmente se sienta y sobre la cual están los libros que lee Gauguin, al lado de una vela encendida.
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La silla está en un primerísimo plano y ocupa casi toda la superficie de la tela: es el sustituto de la figura ausente de Gauguin; además, la obra posee seguramente un marcado simbolismo: Gauguin es un hombre curioso e inquieto intelectualmente, ávido de saber, así como solitario y de trato difícil. En el óleo de Ortega Muñoz la silla está en un rincón, junto a una puerta y a un marco vacío que hay en el suelo, es decir, está ligeramente desplazada hacia la derecha, ocultando el vano y equilibrando con su respaldo de madera la pared desnuda de la izquierda. Sobre la silla hay un par de manzanas, circunstancia que por sí sola sirve para comunicar al espectador la presencia humana que hay en esa humilde casa, como si en cualquier momento pudiese aparecer un niño y sentarse en ella disponiéndose a comerse las manzanas, o bien se inclinase una mujer a cogerlas y colocarlas en otro lugar. Es la poética de lo sencillo y humilde, la humanización del objeto, la plena autonomía del bodegón, rescatado por Ortega Muñoz de su presunta condición de género secundario.
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De ahí que no nos sorprenda que sobre una silla prácticamente idéntica esté sentada una niña en el cuadro del mismo año titulado Niña con cantarito, un lienzo que no necesariamente hay que verlo como un retrato, sino como un hermoso trozo de pintura en el que un ser pleno de inocencia y de vida, a pesar de la tristeza que se refleja en su rostro, posa para el pintor. No se trata de una tristeza común, como la producida por la pérdida de un familiar querido, sino la tristeza que asoma plena de dignidad por las duras condiciones del vivir cotidiano, por la pobreza económica que sin duda debe haber en esa casa. El cuadro está maravillosamente compuesto, aunque lo mejor de todo es la luz que ilumina el rostro, los sonrosados mofletes de la chiquilla, la correlación entre las luminosas pinceladas de amarillo de la cara y el purísimo amarillo de las mangas de los brazos, con esas manos abocetadas asiendo el cántaro que hay sobre su regazo, un ejercicio extraordinario de simetría no geométrica, sino muy natural, por no hablar de la concordancia entre los tonos marrones y oscuros del pelo, la silla y el cántaro en contraste con la blanca luminosidad resplandeciente del vestido, un blanco cuyo último fleco es ese lazo que adorna la cabeza de la niña. Otra obra maestra gemela espiritual y estética de la anterior es Niño con membrillo de 1950, un trozo de pintura incomparable, ante el que se derrumban esas artificiales construcciones que tanto gustan a historiadores y críticos acerca de la evolución histórica y el progreso de la pintura, porque ¿quién se atrevería a decir que este lienzo extraordinario está desfasado respecto de la pintura de su tiempo? Por supuesto que por entonces reinaba en el occidente de Europa y en Estados Unidos el informalismo, el abstracto-expresionismo, para decirlo a la manera de los americanos, pero ese hermosísimo lienzo de Ortega Muñoz nos enfrenta también con la verdad de la pintura, una verdad que está en Tàpies y en Pollock, pero que no por eso debemos desecharla de esta corriente figurativa que predomina en algunos de los mejores pintores españoles de la posguerra, aunque este grado de verdad pictórica sólo se me ocurre compararlo éticamente con Van Gogh, con independencia de sus distintos lenguajes artísticos. Hay aquí un caudaloso río subterráneo que atraviesa el cuadro poniendo de manifiesto el enorme conocimiento que Ortega Muñoz había adquirido de la historia de la pintura en sus viajes por Europa, pero más que señalar influencias concretas, hay un estilo personalísimo, una ética pictórica, un dominio absoluto de los recursos, una demostración de algo también que algunas veces se le ha sustraído: su sabio empleo del color.
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¿O es que no hay una inmensa sabiduría cromática en esas asombrosas concordancias de verde entre el rostro del niño, sus manos y el membrillo? Pero quizás lo más extraordinario de todo, y esto sí que es algo que muy pocos consiguen, es que este cuadro refleja con increíble exactitud un periodo de la historia contemporánea de España, el de la tristeza y las penurias de la posguerra, capacidad que, en otro ámbito de la creación artística, sólo quizás le fue concedido en un grado tan alto a la novela. La postura tímida de ese niño, su mirada perdida, es un fiel retrato de la España de ese tiempo, y en esto también hay una conexión de Ortega Muñoz con la escuela de pintura española, desde El Greco y Zurbarán hasta Picasso y Juan Gris, una escuela que naturalmente ofrece unos rasgos distintivos de adustez y sobriedad muy marcados respecto a otras escuelas europeas.

Quisiera terminar haciendo una breve referencia a dos cuadros de 1951, La visita y El espejo, y otro de 1952, La escalera. Más que a Sironi o a Tozzi, aquí sí que están patentes la admiración y la lección aprendida en los primitivos italianos, especialmente en Giotto: la sobria claridad compositiva y la austeridad cromática, la solidez constructiva de la forma y el carácter abstracto de las masas, el simbolismo trascendente de las figuras.
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En La visita, por ejemplo, el esquema compositivo es el de un triángulo invertido inscrito en un rectángulo; hay, asimismo, una complementariedad en las dos figuras femeninas situadas a derecha e izquierda, una con un velo y la otra con la cabeza descubierta, mientras que la niña de espaldas del primer término acentúa la simetría y hace de elemento equidistante entre las dos figuras de frente.
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El semblante de la mujer cubierta con un trozo de tela blanca a modo de velo es muy similar al que se refleja en El espejo, un cuadro pleno de intimidad y de espiritualidad, pero también muy plástico, con un equilibrio perfecto de las masas y un colorido que no estorba en absoluto el volumen y firmeza de la figura. Como ha señalado Pierre Grison a propósito de qué refleja el espejo, aquí puede decirse que el espejo refleja la verdad, la sinceridad, el contenido del corazón y de la conciencia.
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En La escalera, en cambio, asombra la delicadeza con la que Ortega Muñoz irrumpe en el trajín cotidiano de esa mujer, la leve insinuación del giro del cuerpo al llegar al rellano de la escalera, la increíble correspondencia entre la dirección de las pinceladas del vestido y la casi imperceptible inclinación de los labios. El canto de cisne de esta etapa figurativa es el extraordinario Muchacha de la margarita, de 1955, pues a partir de ese año irá depurando cada vez más esa gran obra maestra del paisaje que es El camino o La carretera, de 1954, con la consigue precisamente su reconocimiento internacional.




@ (artículo escrito en Málaga, enero del 2005 por el crítico de arte Enrique Castaños Alés)

breve biografía

Alejo Godofredo Manso Ortega, que con el tiempo habría de adoptar como nombre artístico el de Ortega Muñoz, nació el 17 de febrero de 1899 en San Vicente de Alcántara.

Era hijo de una destacada personalidad local, quedando huérfano de madre a los 6 años. Inicia sus estudios bajo la dirección del farmacéutico Mamerto Sama, obteniendo el título de bachiller en Salamanca en el año1921.
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Resultaría imposible una biografía de su vida que no fuera unida a su actividad artística. Cada paso responde a un imperativo de carácter artístico, la pintura como motor principal de la existencia del pintor.
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Hasta tal punto que, a partir de una determinada fecha, los únicos acontecimientos reseñables son aquéllos que tienen que ver con su obra.

Inclinado vocacionalmente a la pintura desde muy joven, comienza su aprendizaje artístico de forma autodidacta y tras rechazar la recomendación paterna de seguir una carrera universitaria, se traslada ese mismo año a Madrid, donde durante algún tiempo dibuja en el Museo de Reproducciones y realiza copias en el Museo del Prado.

Pronto marchó a París con el propósito de mejorar su formación, visitando entre 1925 y 1930, además de Francia, Italia, Centro-Europa, los países nórdicos, Grecia y Oriente Medio. Entre 1930 y 1935 vivió en Stressa, a orillas del lago Mayor, en donde entabló amistad con el acuarelista inglés Rowlwy Smart, que había sido compañero del pintor August John. En 1935 vuelve a España y con 30 años, celebra una importante exposición en el Circulo de Bellas Artes de Madrid. En 1936emprende otro viaje por Europa hasta el término de la Guerra Civil en 1939. De regreso a España traslada su estudio a Madrid aunque hasta su fallecimiento siguió haciendo prolongadas estancias en el campo.

En 1954 obtuvo el Gran premio de la II Bienal hispanoamericana celebrada en la Tate Gallery de Londres.

El gran éxito de su carrera habría de llegar en 1954 en la II Bienal Hispanoamericana de Arte de La Habana y donde Ortega Muñoz obtuvo el Gran Premio de Pintura con la obra ’La Carretera’. Este premio le abriría definitivamente las puertas, permitiéndose ampliar sus circuitos de exposición a Alejandría, Londres, París, Nueva York,...

A partir de 1958 tuvo la sala de honor en la Bienal de Venecia, en 1962 expuso en el Ateneo Madrileño, en 1968 tuvo una sala en la exposición de Bellas Artes de Madrid y en 1970 sus trabajos se expondrían en el Casón del Buen Retiro de Madrid, en las Salas Góticas de la Biblioteca de Cataluña en Barcelona, en el pabellón Mudéjar de Sevilla y en la Casa de la Cultura de Badajoz.

Ortega Muñoz obtuvo en 1970 la Medalla de Oro de la crítica de Barcelona, y en 1978 fue galardonado con la Medalla de Oro de la provincia de Badajoz. Murió en Madrid el 2 de octubre de 1982.

Técnicamente, Ortega Muñoz trabaja la superficie del cuadro mediante un procedimiento que sugiere la pintura al temple, hasta dejar sobre el lienzo un efecto mate, de gran austeridad.

Un principio de orden arquitectónico establecido a partir de formas elementales, el camino y la cerca, el campo despoblado, los tocones de castaños y alcornoques, rige su pintura, que armoniza descripción naturalista y capacidad de abstracción; la ilusión de profundidad que crean los elementos estructurales del cuadro y el diseño plano de la composición.
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En la pintura de Ortega Muñoz la interpretación del asunto, cargado de contenido poético, dicta a la mirada un sereno equilibrio entre realidad y sustancia espiritual y toda su producción mantiene una constante unidad de fondo entre naturaleza y ser, de raíz y sentido profundamente religioso.

Extremadura fue constante referencia en la pintura de Ortega Muñoz, que alcanzó a dar de su paisaje una visión rudamente ingenua y, al mismo tiempo, severa, de contenido patetismo y extraordinaria veracidad.


Nota:

Es muy recordada por mí, a nivel personal, la exposición de 1970 en Madrid, al conocer a Ortega Muñoz personalmente, ya que mi padre, estaba trabajando en el Ministerio de Educación y Ciencia destinado en el Casón del Buen Retiro y mi hermana por aquellos años estaba contratada para atender la tienda/taquilla de la parte baja, por lo que ellos le conocieron y le contaron lo que me gustaba a mí el arte. Ortega Muñoz me acogió como a un joven discípulo suyo contándome muchas de sus experiencias, técnicas y pensamientos al hilo de irme enseñándome durante muchas tardes toda la obra de su exposición – fueron unas maravillosas clases magistrales a mis 16 años- (no faltaba casi ninguna tarde de las que él iva a la exposición). Yo le comenté que fui aprendiz del escultor e imaginero Lasso y que había visto en él un estilo muy parecido de ver y sentir el arte.