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la pintura silenciosa

(28, febrero, 1965) crónica sobre Ortega Muñoz  y su obra



Ortega Muñoz es extremeño. Nació en la raya de Portugal, en San Vicente de Alcántara, pueblo de matices pardos y blancuzcos, sobre un paisaje de encinares austeros. De la sobriedad de su terruño le ha quedado, ya para siempre cordialmente asimilada, la parquedad del gesto, la desnuda acitud en palabras y en movimientos, la ahondada penetración hacia el adentro profundo. De ahí su recatado ademán, lo mismo pintando que viviendo. Hay detrás de cualquier cuadro de Ortega Muñoz esa firme, cálida dignidad contenida, calladamente conllevada, que impulsa a toda la intrahistoria española, intrahistoria a la manera unamuniana, sosegadamente encaminada al heroísmo.



La vida de Ortega Muñoz -y su vida es exclusivamente su pintura- es una permanente ascensión, hora tras hora, para alcanzar la más depurada manifestación colorista y conceptual. Nada hay en la pintura de Ortega que sea chillón, detonante, ni siquiera discretamente llamativo. Cuando algo en el cuadro atrae nuestra atención, lo hace ruborosamente, parcamente, con un gesto insinuado. Llama un poco a una puerta escondida, la que no solemos abrir a nadie, y lo hace para demostramos cómo nosotros, olvidadizos, no habíamos reparado en esa intensa intimidad entreabierta: unas flores de retama, un plantío de viñas que quiebra sus líneas en ilusorio esguince soleado, acostándose en la loma menos decorativa, en el ribazo sin grandilocuencia. Y todo bajo el portento de una luz vertida en generosidades y caricias, luz sin hora concreta, luz entera, intelectual, sin estremecimientos sentimentales, pero también pudorosa, también humilde, también celosa de sus propios portillos.




Ortega Muñoz ha viajado mucho. Mejor dicho, no ha viajado en lo que este verbo tiene de errante huida, de escapada, de mariposeo fugaz y transitorio. Ha vivido mucho tiempo lejos de su tierra, que no es lo mismo. Ha vivido en esas lejanías donde la patria, como decía Dante, se hace celeste, y donde todas las asperezas de la nativa incomodidad acaban por presentar su —94→ más delicado contorno. De esa permanencia en tierras alejadas ha salido su agudísima peculiaridad de trascender el terruño. Ya hace muchos años que Azorín, con su intuición de creador, definió mejor y más brevemente que cualquier erudición meditada en qué consiste un renacimiento: fecundación de lo nacional por lo extranjero. Yo me atrevería a decir que esa definición acierta para explicar con tino un nacimiento, el nacimiento de una concepción espiritual. De esta manera han ido surgiendo los grandes ademanes artísticos de la vida humana. En España ha ocurrido lo mismo, y no por el peso de lo extraño han sido los resultados menos españoles, sino al contrario, extraordinariamente representativos de lo nacional. Con Ortega Muñoz ha pasado algo muy parecido. Largos años en Italia, Francia, en los países escandinavos, en Egipto... Y siempre mirando, observando, paladeando y midiendo todo, pincel en mano, colores en la pupila. ¿Quién podría ir desentrañando en sus cuadros de hoy algo de esos años? Seguramente nadie. Y sin embargo ahí está el proceso en el que su propia, previa y española condición ha ido madurándose. Horas reconcentradas de meditación ante lo ajeno, lo que se ve, para ir diciendo no a lo adjetivo, a lo superfluo, a todo lo que no rima con la apetencia propia. Decir que no a los brillos y a los gestos teatralescos de lo italiano, no a lo demasiado anecdótico o arrabalero de lo francés, nada de tipismos fáciles en lo oriental, no a la falsa comodidad burguesa de lo nórdico. No, no, no... La pintura se va despoblando de accesorios, de carnosidades, de gritería. Y se va llenando de una ascesis continuada, en ruta de pureza, de inocencia sin par. La pintura de Ortega Muñoz es el rellano más próximo a la inocencia popular, a la desnudez de esas almas bienaventuradas tan usadas en la iconografía medieval, ligeras de equipaje, a las que ya una mano divina se dispone a recibir.




Siempre me ha gustado pensar, mientras Ortega pinta o habla -o mejor: balbucea-, en esa nostalgia afilándose que le ha debido de acosar en los largos años no españoles. Privaciones, trabajos, exposiciones de diversos resultados y orientaciones, gentes amorfas que barbotan vacuidades, coleccionistas, recortes de prensa... En fin, todo lo que rodea hoy a los que de una manera u otra se van haciendo su individual camino. Y siempre, pensando en ello, he vuelto a verle solo, con el recuerdo de sus rurales silencios primerizos, los que nadie ha visto ni oído, silencios que pugnan por brotar en sus cuadros, escapándose de un brillo, o de un recodo, de unas piedras escondidas, de un cielo blanquecino y próximo. En esos climas donde ha permanecido largo tiempo, el borriquillo extremeño, sufrido y parsimonioso, adquiere una trascendencia súbita; en el bosque boreal, arrollador, las cuatro encinas pardas de las afueras cacereñas se crecen voluntariosamente en el recuerdo, —95→ un rayo de sol filtrándose entre sus hojas adustas; la casa opulenta del Norte, asediada de comodidades, se nubla ante la silla modesta, de asiento de anea, pintada caseramente de un verde sucio y oscuro, la silla baja de la costura y de los romances junto al fuego de sarmientos y troncos, noche de diciembre arriba. Sí, todo en la pintura de Ortega Muñoz ha sido un continuo aspirar a lo desnudo y humilde, verdadero ejercicio de ascetismo, de reconcentrada intimidad. Pertinaz decisión que envuelve todos sus cuadros en una atmósfera intelectual, pensativa, de graves armónicos, que nos sacude involuntariamente con admonitorio escalofrío, y despierta nuestra mirada alrededor, dócil al conjuro de unos colores casi susurrantes. Como en la vieja balada, un cuadro de Ortega sólo dice su canción a quien es capaz de acompañarle.




Ortega Muñoz es hoy el pintor de más acusada personalidad en el panorama múltiple de la pintura española. Y esa personalidad está hecha sin alharacas, sin estrépitos ni concesiones, tenazmente, en diálogo estricto entre el pintor y sus lienzos. La pintura de estos últimos años ha ensayado muchos caminos, con indudable sed de aventura. La de Ortega ha seguido la flecha del renunciamiento. Desvistiéndose de una manera progresiva ha llegado a una auténtica y valedera abstracción: la del silencio. De estas telas estremecedoras se desprende un silencio compacto, henchido de escondidas melodías, de esas vibraciones que, de agudas, son imperceptibles, pero que se resuelven en eficaz, definitivo deslumbramiento. Y al lado de esta abstracción de silencio -de sonoro silencio- de sus cuadros se desprende otra: la soledad. El destino inesquivable del vivir humano es ir haciendo más palpable la soledad, cada vez más angustiosa, más compañera única. Y ante uno de estos caminos vacíos, escoltados por zarzales o por tapias de piedras, o ante estos canchales -¡tan vecinas sus piedras y tan aisladas!-, el simbolismo de nuestra vida actual se dramatiza en dimensiones insospechadas. Perplejos ante la encrucijada desierta, sin saber qué huellas seguir, en el gris verde y perfumado de los pastizales, solamente el cielo endurecido, hondo, acogedor, nos sostiene y alienta. Esos cuadros de Ortega Muñoz son, descarnados y reducidos a la máxima humildad, una profunda lección de fe, de paz interior.




El amor de Ortega Muñoz por las cosas sencillas y elementales (el cuchillo de cocina, los membrillos ácidos, el marco vacío, la arrugada cara de los labriegos, el torso de un aldeano envejecido y de andar lento y preocupado) se prodiga en suave ternura contagiosa, aguzando aristas, los perfiles que Ortega Muñoz sabe encontrarles. Quizá muchas de estas cosas hayan sido ya otras veces materia pictórica. Ortega Muñoz lo sabe, pero también sabe que —96→ él les encuentra una inédita resonancia, cercana a nuestra sensibilidad, en la que las cosas vuelven a tener su vida autónoma, espiritual, transmisible. También las cosas exhalan desde la pintura de Ortega Muñoz su soledad, su vasta soledad a la intemperie y diluida en color excepcionalmente conjugado, dentro de sencillísima gama, también modesta, a la que el pintor ha sabido dotar de su mejor latido, dejando inmóvil esa vaga melancolía reposada de los mayores gozos cuando algo los detiene, privándolos de su fugacidad. Lección exquisita de esta pintura, tan reducida de materiales y tan saturada de sugerencias y de voz, de fe en la capacidad humana para vestir de color y de concepto lo pequeño, lo cotidiano y transitorio. Callemos, sí, callemos ante un cuadro de Ortega Muñoz. Algo escondido y casi perdido ya por las galerías interiores se está desperezando, quizá rompiéndose, orillado de silencio. Escuchémoslo. Las telas de este pintor extremeño ayudan fervorosamente a conseguirlo.

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